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Cú-cú trás-trás

Lo que nos enseñan los límites

Existe la idea arraigada de que sin castigos ni amenazas es imposible educar con eficacia. A menudo no diferenciamos entre castigar y ofrecer límites a determinadas conductas de los niños y las niñas.

Las críticas, las amenazas y los castigos son perjudiciales para la autoestima y para que nuestros hijos e hijas adquieran un sentimiento de apego seguro, también son ineficaces para conseguir de ellos y ellas actitudes positivas. Sin embargo, el efecto de unos límites razonables es, además de un medio eficaz para educarles, necesario para su maduración.

Pero ¿A qué llamamos límites? ¿Existen o los creamos nosotros? ¿Siguen siendo necesarios en la vida adulta? Merece la pena detenerse a reflexionar sobre todo ello.

Llamamos límite a todo aquello que impide que desarrollemos nuestra conducta o que consigamos nuestros objetivos tal como los hemos concebido o deseado. Podemos querer volar, incluso podemos subir a la azotea y lanzarnos al vacío extendiendo los brazos como si fueran alas, pero lo cierto es que volar no es algo asequible a la naturaleza de los seres humanos así que no volaremos.

No todo lo que detiene nuestros afanes es tan obvio como la imposibilidad de alzar el vuelo, de hecho los límites son de muy diversos tipos: los hay fisiológicos o naturales y de tipo sociocultural (aquellos que marcan cómo han de ser nuestras relaciones interpersonales y grupales). También hay límites internos, algunos de los cuales impiden, en gran medida, el desarrollo de una vida saludable y es conveniente librarse de ellos o moderarlos. Un exceso de timidez o de rigidez respecto a determinadas normas, por ejemplo, limitará la posibilidad de disfrutar de muchas experiencias satisfactorias así como de las relaciones personales, conminando a la persona que los padece a un encierro en sí mismo poco saludable.

Hay límites personales que aparecen como consecuencia de la libertad de elección. Ser madre o padre, sin duda, aporta mucha satisfacción a nuestra vida y también algunos límites como son la modulación de determinadas conductas y la renuncia a algún que otro objetivo. Es muy probable que la irrupción de un hijo o de una hija en nuestra vida nos haga replantearnos el viaje a extremo oriente o las salidas nocturnas con carácter semanal.

Algunos límites están ahí, nos vienen dados como ya hemos visto; otros brotan de nosotros mismos o son consecuencia de las opciones que hemos tomado libremente o de circunstancias que nos sobrevienen .

Vivimos los límites como algo desagradable por ser obstáculos que frustran en alguna medida nuestra actividad y/o nuestros propósitos. Nadie experimenta la frustración con agrado y, sin embargo, es ineludible y necesaria para madurar.

A continuación apunto tres beneficios de la frustración:

1.- Los límites liberan nuestros deseos desde el comienzo de nuestra vida: Desde el nacimiento y durante una buena temporada, a nivel psíquico, nos percibimos fusionados con los seres que nos cuidan y alimentan que suelen ser nuestros progenitores y con el entorno en el que nos desenvolvemos. El bebé es un ser necesitado y completamente dependiente de los otros y no se constituye como un individuo separado hasta que no es apto para distinguir entre lo que él o ella es, lo que son los demás y el contexto.

Poco a poco, comienza a distinguir su propio yo. Esto sucede a través de la   experiencia de satisfacción de sus necesidades básicas (alimento, sueño, protección, afecto, seguridad, juego,…) pero también a través de las pequeñas privaciones, de experimentar los límites de lo posible. Cuando la comida tarda en llegar, cuando mamá desaparece de la habitación y deja de verla por un momento, cuando el juguete se cae y no hay nadie dispuesto a ponerlo de nuevo en sus manos,…

Todas estas experiencias frustrantes basadas en la espera, ayudan al bebé a desear aquello que le falta en cada momento. Ser un individuo consiste en estar “separado” y desear aquello que queremos porque ya no está al alcance.

El juego del cú-cú trás-trás es un excelente medio para experimentar la frustración y el deseo de una forma inocua y divertida. Por un momento el bebé mira el rostro de la madre y al instante siguiente éste desaparece. Experimentar la secuencia: sorpresa, frustración, deseo de reaparición y de nuevo alegría, ayuda al bebé a ir adentrándose en el mundo de los deseos y de la frustración de los mismos, en el mundo real, en el camino de su maduración.

Más adelante, será fundamental seguir fomentando el deseo y también la demanda o petición de esos deseos (verbalmente cuando toque) en los niños y en las niñas a través de un sencillo método: dejando de satisfacer “preventivamente” sus necesidades y a cambio, alargando unos breves instantes el tiempo de espera y/o preguntándoles: ¿tienes sed? ¿te apetece merendar ya?… Así van “escuchando” a sus deseos, expresándolos y aprendiendo que a veces no se puede o que hay que esperar para obtenerlos. Estos son límites no forzados que les ayudan a madurar.

2.- Los límites no sólo nos ayudan a liberar nuestros deseos sino que también nos sirven para superar y abandonar el deseo infantil de fusión, de ser completos, de estar plenamente satisfechos y en total unión con quienes nos rodean. Abandonar la idea de que se puede recuperar el “paraíso perdido” no es otra cosa que madurar.

Los adultos seguimos marcados por ese anhelo imposible de completud que   se refleja en nuestro perfeccionismo, autoexigencia, imperativos de éxito,… y también en concepciones idealizadas sobre la pareja como la de la “media naranja” o “el alma gemela”; o sobre la felicidad absoluta siempre y en todo lugar de nuestros hijos e hijas.

En concreto, nuestros deseos “infantiles” de ser artífices de la felicidad completa de   nuestros hijos e hijas, o el de que nos amen de forma plena y constante aprobando todas y cada una de nuestras decisiones, así como el de condicionar nuestro amor a ellos en base al comportamiento y actitudes que consideramos apropiado que tengan, son el obstáculo principal para poder amarlos y amarlas ofreciéndoles límites sanos a sus conductas.

Estos deseos son, al mismo tiempo, vía libre para que nuestra frustración al ver que ni son todo lo felices que desearíamos, ni valoran todo lo que hacemos por ellos, ni sienten ni actúan siempre de forma que nos agrade,… se convierta en una rabia apenas perceptible que dará lugar a las críticas, las amenazas, los castigos y otra suerte de actitudes que no dejan de ser nuestras “rabietas” de adultos, simplemente porque nos quitaron “el juguete” con el que habíamos soñado, esa familia o esos hijos e hijas modélicos.

Damos bandazos en la crianza, educación y relaciones con nuestros hijos e hijas porque de alguna manera el proceso de maduración que es algo que está en    curso toda nuestra vida, no termina de realizarse en nosotros y, en muchos casos, también llevamos el lastre de los deseos imposibles que no hemos logrado desechar para hacer más ligera nuestra carga.

Como madres y padres es determinante, a la hora de poner límites a la conducta de nuestros hijos e hijas, el grado de madurez que nosotros mismos hayamos podido desarrollar como consecuencia de nuestra propia frustración, de que hayamos aceptado que ni nuestra pareja y, mucho menos, nuestros hijos e hijas, llenarán completamente nuestro sentimiento de estar “separados” y, en cierto modo, solos. Cuando de pequeños decimos “yo solito” o “yo solita”, “quiero esto o aquello”, “esto es lo que yo deseo para mí”  estamos conquistando nuestra independencia, libertad y madurez pagando el precio de la “separación”.

No es fácil aceptar que nunca seremos todo para alguien y que nadie va a ser todo para nosotros pero hay que hacerlo. En ocasiones nos enfrentamos a sentimientos de pérdida muy angustiosos justo cuando nos convertimos en padres o madres. En esos casos, no hay que dudar en pedir ayuda a un especialista para completar el proceso.

3.- Los límites también nos ayudan a ajustar nuestras pretensiones con las de los demás y a sobrellevar el fracaso  que muchas veces se producirá en nuestra vida sin que ello afecte de forma importante a la autovaloración y estima de nosotros mismos.

Como adultos y adultas ya hemos experimentado y hemos sobrevivido a algunos fracasos y así mismo, hemos asumido algunos límites impuestos por la sociedad que son necesarios para la vida en común y para que ciertas estructuras funcionen.

La convivencia en familia no está libre de ciertas normas que hacen la vida más agradable a todos y que podemos enseñar a nuestros hijos e hijas con    respeto a su individualidad y con amor. Son pequeños límites en lo cotidiano que les servirán para crecer y madurar mientras se convierten en un miembro más del grupo familiar y social.

Tras reflexionar sobre la realidad y utilidad de los límites en el proceso de maduración de todas las personas y a lo largo de toda la vida, la nuestra también, estaremos mejor preparados para educar con eficacia, para ofrecer límites a nuestros hijos sin caer en el extremo de la obstinación, esto es dejándonos llevar por nuestro perfeccionismo y afán de éxito en su educación y sin caer en el otro extremo: el de la culpa, esa que nos lleva a pensar que limitar la conducta y actitudes negativas de nuestros hijos e hijas les priva de felicidad futura y a nosotros de su amor.

Porque ambos extremos están igualmente basados en nuestro anhelo infantil de recuperar ese estado de fusión ideal y sostener esos anhelos suponen falta de madurez, de libertad y de felicidad. Empecemos por el principio, por asumir nuestros límites, frustraciones y fracasos como medio de conquistar para nosotros esa libertad y felicidad que reclamamos para nuestros hijos e hijas. Es la única forma de acompañarles en su propio proceso no como expertos ni expertas, que no lo somos, sino como personas igualmente vulnerables y sujetas a limitaciones.

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