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“Mira que te… que te…”

“Mira que te… que te…”

¿Es posible educar sin amenazas, críticas ni castigos?

Esta es una buena pregunta con la que comenzar una serie de artículos que pretenden orientar a las familias sobre los modos más idóneos de tratar a nuestros hijos e hijas pequeñas. En realidad casi cualquier cuestión sería un buen comienzo porque la mayoría de los padres y madres, primerizas y recientes, harían cualquier cosa con tal que sus pequeños se convirtieran en personas “felices”.

Pero el concepto de felicidad es amplio y complejo; filósofos, psicólogos o pensadores eruditos no han logrado ponerse de acuerdo al respecto. Además, resulta una obviedad pensar que cada persona puede concebir su propia felicidad de un modo muy diferente y la vida que puede resultar gratificante en un momento para alguien no lo es para siempre y mucho menos para todos.

No obstante, de una forma bastante simple podemos aventurarnos a admitir que un mínimo de felicidad consiste en tener las necesidades básicas cubiertas, poder disfrutar además de algunos placeres y comodidades, de buena salud, de una profesión satisfactoria y mantener unas buenas relaciones afectivas con un puñado de familiares y amigos.

Como se puede observar, en toda esta descripción que podría conformar un bosquejo de lo que es la felicidad para cualquier persona, en realidad los padres y las madres tenemos muy poca incidencia. A no ser, claro está, que nos fijemos en la última de las cuestiones apuntadas porque la relación que nosotros decidamos tener con nuestros hijos e hijas desde ahora y cuando sean adultos es algo de lo que sí podemos ser actores. Poco podemos hacer, sin embargo, por asegurarles la satisfacción de sus necesidades básicas de por vida, la buena salud que les deseamos, que acierten en la elección de una profesión que les ayude en su desarrollo o del resto de las personas que configurarán su entorno afectivo junto a nosotros si todavía permanecemos en él.

Así las cosas, la mejor contribución que podemos hacer a la felicidad presente y futura de nuestros niños y niñas es construir unas relaciones basadas en el respeto mutuo, la confianza y el amor. Ellas serán, para ambas partes, fuente de seguridad, aprendizajes y riqueza personal.

Las amenazas, las críticas y los castigos no son eficaces para educar y además minan seriamente este proyecto que acabamos de esbozar de construirnos en agentes directos (aunque no los únicos) de la felicidad de nuestros hijos e hijas.

En este punto he de advertir que lo que dice el párrafo anterior y lo que dirá el resto de este artículo ha de creerse haciendo un acto de fe porque la única forma de comprobar que las amenazas, las críticas y los castigos no solo no son eficaces sino que alteran el buen desarrollo psíquico y las relaciones no es otra que el paso del tiempo y las consecuencias que este tipo de educación haya traído consigo.

Es durante la preadolescencia y en la adolescencia el momento en el que los chavales y también las chicas necesitan autoafirmarse y construir una identidad separada. Esto no deja de ser un proceso natural que, si se realiza de una forma sana, no pasa de ser una época de ajuste un tanto difícil para el propio adolescente pero que si en la familia no se ha sabido apoyar al desarrollo del chico o la chica desde el comienzo los síntomas de aislamiento, mutismo, rebeldía, oposición, hipercrítica y negativismo pueden adquirir dimensiones difíciles de soportar ensombreciendo aún más la dinámica familiar.

¿Qué enseñamos en realidad a través de las amenazas y los castigos?

A través de las amenazas y los castigos entrenamos a nuestros hijos e hijas en el arte de la contabilización del riesgo y del precio que hay que pagar por hacer lo que a uno o una le de la gana. En ningún caso aprenden por este medio el valor de lo bien realizado ni a escoger aquellas actitudes y opciones que redundan en su propio beneficio.

En los tiernos pero avispados oídos de los y las preescolares las amenazas de castigo suenan a retos, a aventura; estimulan su curiosidad… ¿será verdad lo que dice mamá que pasará si hago eso? Uhmmmm…. A ver… Y una vez hecha la “fechoría”, a esa edad una de dos: o el castigo es tomado por un divertimento (pensar en el rincón, recoger lo que se ha tirado,…) o si el castigo es afectivo (como un “gran enfado” de mamá o papá, por ejemplo) se sienten estimulados a interactuar emocionalmente con los adultos; agradando o fastidiando, esto es portándose “bien” o “mal” bajo un concepto del bien y el mal totalmente arbitrario (a la abuelita le gusta que el nene se peine con raya, al papá no le gusta que se deje comida en el plato, etc.)

Más tarde, cuando se hacen mayores, basta con hacer un cálculo rápido de coste-beneficio cada vez que quieran hacer algo que no está permitido. Para niños y niñas grandes y especialmente desde la preadolescencia este “juego” es muy estimulante, en parte porque la etapa de desarrollo que atraviesan les empuja a la realización autónoma y también porque quieren experimentar el grado de realidad de conceptos abstractos como la libertad o el servilismo, la justicia o la injusticia, el egoísmo o el altruísmo,… Pero el hecho de estar acostumbrados a pagar “peaje” en casa por las acciones inapropiadas les lleva a creer que en cualquier otro contexto (el instituto, la sociedad,…) pueden obrar inadecuadamente siempre y cuando estén dispuestos a pagar por ello; una creencia peligrosa que les empuja a actuar muchas veces de forma irreflexiva sin medir las consecuencias reales de sus actos.

¿Qué pasa con las críticas?

No hay críticas constructivas igual que no hay envidia sana. Los adultos podemos ser inmunes a determinadas críticas porque hemos configurado nuestra vida al margen de la opinión de los demás, pero los niños y las niñas pequeños son indefensos ante ellas. Las críticas minan su autoestima y generan inseguridad en sus incipientes personalidades.

Los niños y niñas pequeñas están “programados” para cumplir nuestras expectativas sobre ellos. Nada hace más feliz a una o uno de nuestros pequeños que ver a mamá o a papá contentos porque lo que esperaban se cumplió. Durante sus primeros años quieren responder a nuestras esperanzas sobre ellos, sean estas cuales sean: Testarudo, graciosa, buena, lenta, creativo, torpe, guapo, delantero centro, inteligente, cochino, trabajador, fuerte, enfermiza, triste, genio, feliz, bruta, cariñoso,… Podemos decir que los adjetivos que utilicemos sobre ellos y ellas o sobre sus conductas tienen un valor enorme en la construcción de la personalidad de los preescolares.

De más mayores quienes han sido criticados de forma habitual se muestran muy condicionados por el discurso de sus progenitores. Suelen ser adolescentes inseguros o jóvenes pasivos que siguen pidiendo permiso para casi todo movidos por fuertes sentimientos de fracaso o de miedo por no ser lo que sus padres esperaban de ellos o ellas o, por el contrario,  se ven abocados a romper los lazos familiares para vivir su vida libres de la incomprensión y de la  crítica materna y/o paterna.

Las amenazas y los castigos son propios del entrenamiento necesario para la domesticación a través de la cual se doblega el instinto en la medida que el ser humano quiere gozar de la convivencia con determinados animales o servirse de ellos para alguna tarea. Pero esos métodos se revelan claramente ineficaces para educar a nuestros pequeños y son nocivos para su desarrollo psíquico y para las relaciones familiares.

Las críticas son siempre juicios de valor en negativo sobre el comportamiento de otros. Debemos evitarlas. No ayudan a mejorar y, aunque quien las profiere las valora como opiniones sinceras y a menudo constructivas, no dejan de ser nuestra manera particular de juzgar una situación en un determinado momento.

La mayoría de nosotros y nosotras, ahora padres y madres, hemos sido educados en base a amenazas, castigos y críticas pero un chico o una chica que ha llegado a la adolescencia creyendo que su familia confía en su capacidad de resolución, en su buen criterio para buscar su bien y el de los demás y que se siente libre para equivocarse en su vivir sin que eso suponga una “tragedia”, tiene más posibilidades de ser un adulto o adulta “feliz”. Digamos que estará bien equipado para caminar por el mundo y que siempre que lo necesite buscará en nosotros la aceptación y el apoyo que sabe que le podemos brindar sin arriesgar por ello su independencia y autodeterminación.

No hay recetas sólo ideas que trataremos de describir en los próximos artículos, orientaciones para aprender a valorar sus sentimientos desde las edades más tempranas, a aceptarles como son, a confiar en ellos y ellas independientemente de cual sea su conducta y nuestras expectativas, a ayudarles a sopesar las consecuencias de cada opción libremente elegida y a encontrar soluciones en los momentos de dificultad. Desde ya…

Patricia Franco Andía

Psicóloga clínica

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